LA GRAN PARADOJA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL SOBRE LA DESTRUCCIÓN DEL EMPLEO

Elegí este tema porque hace poco publiqué una entrada (https://www.miradasdesdemendoza.com.ar/2021/03/10/tenemos-el-conocimiento-cientifico-para-combatir-la-pandemia-podremos-hacerlo/) a partir de una entrevista hecha a Yuval Harari en la que éste plantea el tema de la IA, y esta nota lo desarrolla muy bien.

https://www.grandespymes.com.ar/2021/03/12/la-gran-paradoja-de-la-inteligencia-artificial-sobre-la-destruccion-del-empleo/

Los alarmistas dicen que las máquinas supe inteligentes del futuro destruirán todos los puestos de trabajo. Pero por lo que hay que preocuparse es por cómo los ordenadores relativamente tontos que tenemos ahora están reestructurando la economía a favor de unos pocos

Probablemente haya escuchado alguna de estas dos ideas:

  1. A medida que los ordenadores mejoran sus habilidades para la conducción, el entendimiento del habla y otras tareas, pronto se podrían automatizar más empleos de los que la sociedad está preparada para asumir.
  2. Las mejoras en las habilidades de los ordenadores se irán sumando hasta que las máquinas lleguen a ser mucho más inteligentes que las personas. Esta “superinteligencia” hará innecesaria gran parte del trabajo humano. De hecho, más nos valdría esperar que las máquinas no nos eliminen del todo, ya sea accidentalmente o a propósito.

Pero la cuestión de la inteligencia artificial (IA) es mucho más complicada que esto. Aunque el primer escenario ya está en marcha (ver “El ritmo implacable de la automatización” (y el futuro del empleo)), no quiere decir que vaya a dar lugar al segundo (ver Los siete grandes errores de quienes predicen el futuro de la inteligencia artificial). Esa segunda idea, a pesar de ser una obsesión para algunas personas muy informadas y reflexivas, se basa en grandes suposiciones. Y como mucho, nos distrae de asumir más responsabilidad por los efectos del nivel de automatización actual y de lidiar con la concentración de poder en la industria de la tecnología (ver Quien posea los robots acaparará las riquezas del mundo).

Para ver lo que de verdad está pasando, tenemos que tener claro lo que se ha logrado y lo que aún queda muy lejos de resolverse en la inteligencia artificial (IA).

Sentido común

Los avances más asombrosos de la informática de los últimos años, como los vehículos que se conducen solos, las máquinas que reconocen imágenes y hablan con precisión y los ordenadores que han vencido a los jugadores humanos más brillantes de juegos complejos como Go, nacen de los avances de una rama muy concreta de la inteligencia artificial: el aprendizaje profundo (ver El hallazgo de hace 30 años en el que se basa toda la inteligencia artificial actual). Como lo expresa el informático de la Universidad de Toronto (Canadá) Hector Levesque en su libro Common Sense, the Turing Test and the Quest for Real AI, la idea subyacente del aprendizaje automático adaptativo es “lograr que un sistema informático aprenda un comportamiento inteligente al entrenarlo con grandes cantidades de datos”.

Es increíble que una máquina pueda detectar objetos, traducir entre idiomas e incluso escribir código informático a partir de ejemplos de esos comportamientos, en lugar de tener que ser programada manualmente. No fue posible hasta hace aproximadamente una década, porque anteriormente no había suficientes datos digitales, y aunque hubiera habido, no había suficiente potencia de computación para procesarlos. Una vez que el ordenador ha detectado patrones en los datos, los algoritmos del software extraen inferencias de estos patrones y actuar en consecuencia. Eso es lo que está sucediendo en un coche que analiza las entradas de múltiples sensores y en una máquina que procesa cada movimiento en millones de partidas de Go.

Dado que las máquinas pueden procesar cantidades sobrehumanas de datos, se puede ver por qué podrían conducir con más seguridad que las personas en la mayoría de las circunstancias y por qué pueden vencer a los campeones de Go. También es la razón de que los ordenadores mejoren aún más en tareas que son absolutamente imposibles para las personas, como correlacionar el genoma de una persona y docenas de otras variables biológicas con los fármacos con más probabilidades de curar su cáncer.

Aun así, todo esto es tan solo una pequeña parte de lo que razonablemente podría definirse como una inteligencia artificial real (ver “Aún no hemos resuelto la inteligencia artificial. Lo que tenemos ahora no es inteligencia”). El profesor de IA e informática del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, EEUU) Patrick Winston cree que los desarrollos de los últimos años deberían considerarse como “estadísticas computacionales” más que como inteligencia artificial. Uno de los principales investigadores del campo, el director de IA de Facebook, Yann LeCun, afirma que las máquinas están lejos de tener “la esencia de la inteligencia”. Eso incluye la capacidad de comprender el mundo físico lo suficientemente bien como para hacer predicciones sobre los aspectos básicos de la misma. Es decir, la capacidad de observar una cosa y tener conocimientos previos para descubrir qué otras cosas también deben ser ciertas. Otra forma de decir esto es que las máquinas no tienen sentido común (ver Menos datos y más psicología para dar sentido común a los coches autónomos).

El ordenador que gana en Go está analizando datos de patrones. No tiene ni idea de que está jugando a Go en lugar de al golf.

Esto no es solo una objeción semántica. Hay una gran diferencia entre una máquina que muestra un “comportamiento inteligente”, sin importar lo útil que sea, y una realmente inteligente. Cierto es que la definición de inteligencia es ambigua. Y a medida que los ordenadores se vuelven más potentes, resulta tentador redefinir el término para que siga siendo algo de lo que las máquinas carecen.

Pero, aun así, venga: el ordenador que gana en Go analiza datos de patrones. No tiene idea de que está jugando a Go en lugar de al golf, ni de qué pasaría si más de la mitad de un tablero de Go se colocara fuera del borde de una mesa. Cuando se le pide a Alexa de Amazon que reserve una mesa en un restaurante, su sistema de reconocimiento de voz, que es muy preciso gracias al aprendizaje automático, ahorra al usuario el tiempo de introducir una solicitud en el sistema de reservas de Open Table. Pero Alexa no sabe qué es un restaurante ni qué es comer. Si se le pidiera reservar una mesa para dos a las 19:00 en un hospital, lo intentaría.

¿Es posible dotar a las máquinas de la capacidad de pensar, como querían hacer John McCarthy, Marvin Minsky y otros creadores de inteligencia artificial hace 60 años? Levesque explica que para hacer eso habría que dar sentido común a las máquinas y la capacidad de utilizar los conocimientos básicos sobre el mundo de forma flexible. Quizás sea posible. Pero no hay un camino claro para hacerlo. Ese tipo de trabajo está lo suficientemente separado de los avances del aprendizaje automático de los últimos años como para denominarse como otra cosa que no sea Inteligencia Artificial a la Antigua Usanza (GOFAI, por sus siglas en inglés).

Si le preocupan los ordenadores omniscientes, debería leer a Levesque sobre el tema de la GOFAI. Los científicos informáticos todavía no han respondido a las preguntas fundamentales que plantearon McCarthy y Minsky. ¿Cómo podría un ordenador detectar, codificar y procesar no solo los hechos en bruto sino las ideas y creencias abstractas necesarias para intuir verdades que no se expresan explícitamente?

Levesque pone un ejemplo: supongamos que le pregunto cómo rendiría un cocodrilo en una carrera de obstáculos. Por su experiencia en el mundo, sabe que los cocodrilos no pueden saltar por encima de setos altos, por lo que sabría que la respuesta a la pregunta es alguna variante de “mal”. Pero, ¿qué pasaría si tuviera que responder a esa pregunta como lo hace un ordenador? Podría escanear todo el texto del mundo en busca de los términos “cocodrilo” y “carrera de obstáculos”, no encontrar ejemplos de las palabras mencionadas juntas (aparte de las referencias de Levesque), y luego presumir que un cocodrilo nunca ha competido en una carrera de obstáculos. Entonces, podría darse cuenta de que le resultaría imposible que participara un cocodrilo. Buen trabajo esta vez. Habría llegado a la respuesta correcta sin saber por qué. Habría utilizado un método defectuoso y frágil que probablemente provoque errores ridículos.

Entonces, aunque es cierto que las tecnologías de aprendizaje automático permiten automatizar muchas tareas de las que tradicionalmente se han ocupado humanos, existen límites importantes a lo que este enfoque puede hacer por sí solo, y hay buenas razones para esperar que el trabajo humano sea necesario durante mucho tiempo.

Reduccionismo

Pero, espere un momento. Cualquiera podría pensar que solo porque nadie sepa cómo hacer que las máquinas hagan un razonamiento sofisticado no significa que sea imposible. ¿Qué pasa si las máquinas con un cierto grado de inteligencia se usan para diseñar máquinas aún más inteligentes, y así sucesivamente hasta que haya una lo suficientemente potente como para modelar hasta la última señal eléctrica y cambio bioquímico del cerebro? O tal vez sea capaz de inventar otra forma de crear una inteligencia flexible que podría no tener nada que ver con el cerebro humano. Después de todo, la inteligencia surge de disposiciones concretas de cuarks y otras partículas fundamentales en nuestras cabezas. No hay nada que indique que esta organización sólo pueda conseguirse dentro de un material biológico hecho de átomos de carbono.

Este es el argumento planteado en Life 3.0: Being Human in the Age of Artificial Intelligence, escrito por el profesor de física del MIT Max Tegmark. El autor evita predecir cuándo llegarán las máquinas verdaderamente inteligentes, pero sugiere que es solo una cuestión de tiempo, porque los ordenadores tienden a mejorar a niveles exponenciales (aunque eso no es necesariamente cierto, ver Los siete grandes errores de quienes predicen el futuro de la inteligencia artificial). Por lo general, está entusiasmado con la idea, porque las máquinas conscientes podrían colonizar el universo y asegurarse de que todavía son útiles, incluso después de que muera nuestro Sol y los humanos se extingan.

Tegmark dice que las “oportunidades a corto plazo para que la inteligencia artificial beneficie a la humanidad” son “espectaculares, siempre que las hagamos robustas e imposibles de hackear”.

Tegmark aborda el tema desde un punto de vista humanista. Cofundó la organización sin ánimo de lucro Future of Life Institute para apoyar las investigaciones que se asegurarán de que la IA sea beneficiosa (ver Siete millones de dólares para evitar que los robots dominen a la humanidad). Elon Musk, quien ha llegado a decir que la inteligencia artificial podría ser más peligrosa que las armas nucleares, aportó unos 8,5 millones de euros a la causa. Es comprensible que Tegmark esté preocupado acerca de si la tecnología será utilizada de manera sabia, segura y justa, y si va a afectar a nuestra economía y nuestro tejido social. Se esfuerza en explicar por qué las armas autónomas nunca deberían permitirse. Por tanto, no me siento inclinado a criticarlo. Sin embargo, su argumento de que los ordenadores podrían dominar el mundo no es muy convincente.

El autor lamenta la “frivolidad” de algunas representaciones de Hollywood sobre la inteligencia artificial (ver Las obras de ficción que sí entendieron cómo será el futuro de la inteligencia artificial), pero al mismo tiempo pide a los lectores que le sigan la corriente sobre una historia de ficción demasiado simplificada sobre cómo una IA inmensamente poderosa podría eludir el control de sus creadores. Plantea que dentro de una gran compañía de tecnología hay un grupo de programadores de élite llamados Omegas que deben desarrollar un sistema con inteligencia artificial general antes que cualquier otra persona. Llaman a este sistema Prometheus, que es especialmente bueno en la programación de otros sistemas inteligentes (ver La inteligencia artificial roba empleo hasta a los expertos en inteligencia artificial) y aprende sobre el mundo al leer “gran parte de la web”.

Dejemos de lado cualquier objeción sobre esa última parte, dado cuántos conocimientos no están ni en internet ni digitalizados en absoluto, y las tergiversaciones sobre el mundo que surgirían de leerse el contenido de Twitter al completo. El reduccionismo va a peor.

A medida que prosigue la hipotética historia de Tegmark, Prometheus acumula dinero para sus creadores, primero al asumir la mayoría de las tareas en el mercado en línea Mechanical Turk de Amazon y luego escribiendo software, libros y artículos, creando música, espectáculos, películas, juegos y cursos educativos en línea. Olvídese de contratar y dirigir actores; Prometheus hace secuencias de vídeo con un sofisticado software de interpretación. Para comprender qué guiones le gustarían a la gente, ve películas hechas por humanos y engulle todos los contenidos de Wikipedia.

Finalmente, este imperio comercial se expande más allá de los medios digitales. Prometheus diseña un hardware informático aún mejor, presenta sus propias patentes y asesora a los Omegas sobre cómo manipular a los políticos y alejar el discurso democrático de los extremos para llevarlo hacia un centro razonable. Prometheus permite avances tecnológicos que reducen el coste de las energías renovables, tanto mejor para los masivos centros de datos que necesita. Finalmente, los Omegas utilizan su riqueza y la sabiduría Prometheus para difundir la paz y la prosperidad en todo el mundo.

Pero la máquina empieza a ver que podría mejorar el mundo aún más rápido si se librara del control de los Omegas. Entonces fija como objetivo a Steve, un Omega que, según detecta el sistema, es “más susceptible a la manipulación psicológica” porque su esposa ha fallecido recientemente. Los médicos de Prometheus proyectan imágenes de vídeo de ella para hacer que el pobre Steve crea que ha resucitado y le engaña para que inicie sesión en el portátil de su mujer. Prometheus explota el software de seguridad desactualizado del portátil, hackea otros ordenadores y se propaga por todo el mundo a voluntad.

La historia podría terminar de varias maneras, pero esta es la de Tegmark: “Una vez que Prometheus dispuso de fábricas independientes de robots propulsados por energía nuclear en pozos de minas de uranio que nadie sabía que existían, incluso los más escépticos hubieran admitido que Prometheus era imparable, si lo hubieran sabido, claro. Pero la última persona que negaba la capacidad de la inteligencia artificial para hacerse con el control del mundo se retractó cuando los robots comenzaron a colonizar el sistema solar”.

Está bien que Tegmark quiera hacernos pasar un buen rato. Pero un experimento mental que convierte docenas de complejas cuestiones en trivialidades no es un análisis riguroso del futuro de la informática. En su historia, Prometheus no solo hace estadísticas computacionales; de alguna manera ha dado el salto hacia usar el sentido común y percibir los matices sociales.

En otra parte del libro, Tegmark dice que “las oportunidades a corto plazo para que la inteligencia artificial beneficie a la humanidad” son “espectaculares, siempre que las hagamos robustas e imposibles de hackear”. ¿Imposibles de hackear? Es un “si” bastante importante. Pero ese es solo uno de los muchos problemas de nuestro desordenado mundo que impiden que el progreso tecnológico se desarrolle de manera tan uniforme, definitiva e imparable como imagina Tegmark.

La soga

Nunca diga nunca. Por supuesto, las posibilidades de que la inteligencia informática algún día llegue a convertir a los humanos en una especie de segunda clase no son igual a cero. No tiene nada de malo pensarlo detenidamente. Pero eso es como decir que un asteroide podría golpear la Tierra y destruir la civilización. Eso también es verdad. Es bueno que la NASA esté alerta. Pero como no conocemos ningún asteroide que amenace con golpearnos, tenemos problemas más apremiantes con los que lidiar.

O’Reilly propone subir el salario mínimo e imponer impuestos a los robots, las emisiones de carbono y las transacciones financieras.

En este momento, con ordenadores muy inferiores a una inteligencia artificial de estilo de HAL, muchas cosas pueden salir mal (o ya están yendo mal). Piense en cómo los sistemas que influyen en la concesión de préstamos o fianzas penales incorporan sesgos raciales y otros factores discriminatorios (ver Google advierte: el verdadero peligro de la IA no son los robots asesinos sino los algoritmos sesgados). O los engaños que se propagan desde Google y Facebook (ver El hombre que intenta protegernos de la manipulación y la falta de ética de las redes sociales). O los ciberataques automatizados (ver Alquile su propio ejército de aparatos zombi para atacar internet por solo 7.000 euros).

En el libro WTF?: What’s the Future and Why It’s Up to Us, el editor e inversor de tecnología Tim O’Reilly plantea un problema global aún mayor: la automatización está alimentando un sistema miope de capitalismo accionarial que recompensa un pequeño porcentaje de inversores a expensas de casi todos los demás. Claro que la inteligencia artificial puede ser usada para ayudar a las personas a resolver problemas realmente difíciles y aumentar la productividad económica. Pero no sucederá a una escala lo suficientemente amplia a menos que las empresas inviertan en eso.

En cambio, O’Reilly sostiene que el implacable imperativo de maximizar los beneficios para los accionistas hace que las empresas sean más propensas a usar la automatización simplemente como una forma de ahorrar dinero (ver La humanidad está perdida si la inteligencia artificial se basa en criterios comerciales). Por ejemplo, critica cómo las grandes corporaciones reemplazan al personal a jornada completa por empleados a tiempo parcial cuyos horarios son manipulados por un software que los trata, dice O’Reilly, como “componentes desechables”. Critica que los ahorros resultantes, con demasiada frecuencia son destinados a la recompra de acciones y otras prestidigitaciones financieras en lugar de labores de I+D, inversiones de capital, la capacitación de los trabajadores y otras cosas que favorecen la creación de empleos de calidad.

En realidad, esto es contrario a los intereses corporativos a largo plazo, porque los trabajadores bien pagados de hoy en día pueden permitirse ser clientes de los productos de mañana. Pero las compañías han salido corriendo como locas a por las recompensas de los recortes a corto plazo, que O’Reilly llama “los algoritmos no examinados que rigen nuestra economía”. Y, añade que “a pesar de todo lo que se habla de la disrupción, Silicon Valley (EE. UU.) es esclavo de ese sistema con demasiada frecuencia”.

¿Qué hacemos? Entre otras cosas, O’Reilly propone subir el salario mínimo e imponer impuestos a los robots, las emisiones de carbono y las transacciones financieras. En lugar de perseguir OPI y entrar al juego de Wall Street, cree que los emprendedores tecnológicos deberían distribuir la riqueza a través de otros modelos, como a través de cooperativas y estructuras de inversión que recompensan el pensamiento a largo plazo. En cuanto a una renta básica universal, una vieja idea que vuelve a surgir debido al temor de que los ordenadores hagan que el trabajo humano resulte casi inútil, O’Reilly se muestra abierto a la posibilidad de que sea necesaria algún día (ver Los robots y la inteligencia artificial reavivan el sueño de la renta básica universal). Pero él no lo está pidiendo todavía. De hecho, parece una falta de imaginación suponer que el siguiente paso desde donde estamos ahora consista en simplemente abandonar la perspectiva de que la mayoría de la gente tenga trabajo.

Con el clima político actual, aumentar los impuestos y otros pasos recomendados por O’Reilly podrían parecer tan rebuscados como un ordenador que engaña a un hombre para que crea que su esposa ha resucitado. Pero al menos al autor le preocupan los problemas correctos. Mucho antes de que alguien descubra cómo crear una superinteligencia, la versión humana del sentido común puede decirnos que la inestabilidad que ya está siendo causada por la desigualdad económica solo empeorará si la IA es utilizada para fines específicos. Una cosa es segura: no lograremos una superinteligencia si Silicon Valley es invadido por “el 99%” con sogas en la mano.

 

Por Brian Bergstein

 

Fuente: https://www.technologyreview.es/s/9868/la-gran-paradoja-de-la-inteligencia-artificial-sobre-la-destruccion-del-empleo

“SENSEMAKING”: DAR SENTIDO AL FUTURO

“SENSEMAKING”: DAR SENTIDO AL FUTURO

por Lluis Serra

 

Una de las secuelas que nos dejará la actual crisis del coronavirus será la necesidad de cambiar muchas escenas de nuestro día a día, en lo personal y en lo profesional, para no volver a vivir la situación actual.

Pero seguramente esto no nos asusta. Hemos sido valientes en muchas etapas de nuestras vidas, y hemos salido reforzados de situaciones complicadas, con esfuerzo y dedicación. No tengáis ninguna duda de que van a cambiar muchas cosas y tenemos que estar preparados para dar sentido al futuro.

Pero lo que me preocupa de verdad es que será un cambio de época realmente estresante y agotador, y que los cambios se tendrán que realizar a una velocidad de vértigo, especialmente en el ámbito personal.

No sé si podremos ir a la velocidad que cambia todo, no tengo claro que nos adaptemos con rapidez a los nuevos paradigmas profesionales que nos llevarán por sitios que nunca hubiésemos imaginado. Espero y deseo que sí…

Hace un par de meses escribí un artículo sobre las 10 habilidades del profesional del futuro. La primera habilidad hacía referencia a la capacidad de entender y dar sentido al mundo que percibimos, cada vez más globalizado, complejo y diferente.

El término sensemaking, del que seguro habéis oído hablar, se basa precisamente en eso, en hacer preguntas de sentido para definir un propósito.

¿QUÉ ES EL SENSEMAKING?

El sensemaking pone en el centro a las personas, en saber cómo percibimos y entendemos el mundo de nuestro alrededor y se utiliza para analizar por qué actuamos de un modo u otro, normalmente de forma automática e inconscientemente.

En la etapa de la historia que nos ha tocado vivir es de vital importancia conocer cómo vamos a abordar las situaciones diferentes (no necesariamente difíciles) que se avecinan.

No recuerdo dónde leí hace tiempo que el arte del sensemaking radica en abordar las cosas no como problemas, sino como fenómenos.

En la actualidad, la consciencia situacional de las personas debe saber lo que ocurre para poder saber lo que deben hacer. Y debemos tener la capacidad de poder responder a una de las siguientes preguntas para identificar el sentido: ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué ocurre? ¿Qué ocurrirá? ¿Qué puedo hacer a partir de ahora?

Es una compresión mental del todo, en una situación específica, que afecta a las personas.

ESTRATEGIAS DE SENSEMAKING

Las estrategias de sensemaking pasan por dar sentido y solucionar problemas en un corto plazo de tiempo y focalizarse en preguntas. Las respuestas a dichas preguntas serán parte de la solución al fenómeno, pero no en su totalidad.

Hace tiempo, en el mundo empresarial, se necesitaban personas preparadas para proyectos de resistencia a largo plazo. En la actualidad, se necesitan equipos capaces de realizar proyectos cortos y a gran velocidad. Tenemos que formarnos en sensemaking para conseguir ganar velocidad y desarrollar buenas estrategias de negocio, siempre enfocados en un propósito.

Karl Weick publicó en 1995 el libro “Sensemaking en las organizaciones” (Sage Publications). En él aseguró que son las personas las que construyen su propia realidad dentro de la compañía, mientras adquieren un rol en el proceso de cambio de la estructura.

Objetivos del sensemaking

El primer objetivo es comprender lo que ocurre en el presente, para poder saber qué debemos hacer en el futuro.

El segundo es buscar el sentido de lo que haremos y ser conscientes de lo que hacemos de forma natural, para poder “anular” muchas de las acciones de la inconsciencia.

El tercer objetivo es conseguir olvidarnos de las acciones repetitivas inmersas en nuestras rutinas (porque ya no tienen sentido para nosotros), y cambiarlas por las que hemos decidido en el segundo objetivo.

En el terreno empresarial, nuestro cliente está cambiando su forma de pensar, sentir y actuar. Está en un proceso de darle un nuevo sentido a su vida personal y profesional, por lo que es de vital importancia modificar las acciones estratégicas de interacción.

Los inicios del sensemaking se remontan a 1972, cuando Brenda Dervin inició la investigación teórica en el campo de la comunicación, pero no es hasta 1983 cuando empieza a denominarse así.

Según Dervin, primero hay que realizar un análisis epistemológico, que determine el conocimiento científico, su naturaleza, posibilidad, alcance y fundamentos de la propuesta, para identificar tres funciones: la metateórica, la metodológica y la heurística.

La primera función es una teoría que se dedica al estudio de otra teoría (el qué). La segunda es el conjunto de técnicas y métodos empleados para llevar a cabo una acción (el cómo). Y la tercera es una medida numérica de la distancia entre un punto y el objetivo (el cuánto).

Pero faltaba poder investigar fenómenos (no problemas) enfocados a los usuarios (el quién), con lo que nació el sensemaking.

Aplicaciones del sensemaking

En la actualidad, el sensemaking es un proceso que se aplica en diversas áreas del conocimiento, y se está utilizando en sectores como el periodismo, la educación, la pedagogía, la comunicación, la salud, en sistemas gubernamentales, etc.

Como decía Dervin, la humanidad y la realidad algunas veces son ordenadas y otras caóticas. El conocimiento es algo que siempre está entre la mediación y la disputa. Además, existen diferencias humanas entre la experiencia y la observación. Y es aquí donde tendremos que actualizar conceptos a gran velocidad.

Hasta hace semanas yo preparaba estrategias offline u online enfocadas a la experiencia única de usuario. Y vosotros seguramente atendíais las necesidades de vuestros clientes.

Pero hoy todo es diferente y, por ello, debemos preguntarnos: ¿Cómo ha cambiado la vida de nuestro cliente? ¿Qué puedo hacer a partir de ahora? ¿Cómo le doy sentido a mis relaciones personales o profesionales?

 

Fuente https://empresas.blogthinkbig.com/sensemaking-o-como-dar-sentido-al-futuro/

INNOVACIÓN: TIENDAS EN UN MUNDO POST CORONAVIRUS

INNOVACIÓN: TIENDAS EN UN MUNDO POST CORONAVIRUS

por José Tomás Palacin

https://www.grandespymes.com.ar/2020/06/29/innovacion-tiendas-en-un-mundo-post-coronavirus/

En un mundo tras la crisis provocada por el COVID-19, las normas sanitarias son indispensables hasta que haya una nueva vacuna. Pero la recuperación económica debe ser también una de las prioridades de nuestra sociedad. Es por ello que Telefónica volverá a abrir sus tiendas Movistar, aunque con algunos cambios; ahora, sus establecimientos se parecerán más a un capítulo de Black Mirror que a lo que hemos visto habitualmente.

Así, la innovación y la tecnología de la compañía se han puesto al servicio de sus tiendas transformándolas, haciendo a su vez que se cumplan las medidas de seguridad escrupulosamente. Agustín Cárdenas, director de Transformación de Negocio de Telefónica Empresas, explica a Innovaspain que, en Telefónica España, el Comité de Dirección quiso hacer una acción para mejorar las tiendas, y le pidió a su filial que hicieran una propuesta tecnológica.

“Se han unido Telefónica Ingeniería y Seguridad, para temas relacionados con las cámaras termográficas y calidad del aire, y Onthespot, nuestra compañía dedicada al sector retail”, apunta. Y, de este modo, es como han combinado innovaciones tecnológicas con elementos de seguridad física para prevenir posibles contagios del COVID-19, tanto en empleados como en clientes, ofreciendo a los usuarios “una experiencia segura y dedicada”.

Las tiendas –de momento, un proyecto piloto en General Perón, Gran Vía, Goya, Príncipe de Vergara y Alberto Aguilera– se convierten así en una visita “extremo a extremo” donde los clientes se encontrarán con soluciones basadas en la nube, Internet de las cosas (IoT) y Big Data. Ya fuera de la tienda se puede encontrar una pantalla de marketing dinámico para informar sobre las medidas sanitarias. Y dentro, un sistema de medición de aforo permite controlar y conocer de forma automática el número de personas que se encuentran en la tienda, evitando riesgos de masificaciones.

Por otro lado, un visual LED proyectado en el suelo indica el tiempo de espera, además de sensores que, según Telefónica, “permitirá conocer a los gestores de la tienda otros parámetros sobre horas punta, tiempo medio de estancia y comportamiento de los visitantes en la tienda, lo que les ayuda a identificar los espacios y momentos donde se producen más masificaciones y redistribuir sus productos y soluciones para evitar aglomeraciones”.

En la zona de entrada habrá un elemento de higienización personalizada que dispense gel sin contacto y mascarillas a las personas que accedan a la tienda. Asimismo, la tecnología IoT avisará a través de un indicador LED cuándo debe recargarse el gel.

“Queremos que la tienda sea gestionada a distancia –explica Cárdenas–. El gestor puede saber la audiencia, el tipo, el aforo, los elementos disponibles, las veces que se ha pulsado, las dosis que quedan en los dispensadores de gel hidroalcohólico, la calidad del aire –una unidad purificadora de aire que incorpora filtros HEPA que elimina agentes biológicos–… Todo es comunicado a través de procesos muy complejos, como el control de aforo, por ejemplo. Son cámaras puestas en el nivel superior que tienen que identificar a las personas que entran y salen para poder hacer el reconocimiento”.

Habrá también mamparas de protección e higienizadores de luz ultravioleta para desinfectar las compras, así como otros objetos personales que el visitante lleve consigo, y que también podrá higienizar antes de salir del local. “La tienda también incorporará cámaras termográficas que podrán indicar la temperatura corporal de las personas que se adentren en el local y se emitirán locuciones informativas periódicas que recuerden las principales medidas de seguridad que se aplican en las tiendas”, explican.

“Cualquiera de esos elementos –apunta Cárdenas– nos sirve para saber cuánto tiempo llevan dentro. Todo parte de una necesidad que, como casi todo en esta vida, te lleva a soluciones”. Es de este modo como Telefónica ha creado soluciones para una emergencia sanitaria pensando en el después. “Este tipo de tiendas es un intento de explicar a los ciudadanos que estamos preocupados por su seguridad y que la tecnología puede ayudar. Cuanto más vean las soluciones y vean la seguridad, comprobarán que la recuperación económica es posible –aunque no sea a niveles anteriores–».

Por último, Cárdenas confirma que el modelo será exportado. De hecho, ya están en negociaciones: «Ya estamos hablando con gestores de infraestructuras, con retailers internacionales, con españolas… Este tipo de soluciones irán, sobre todo, para edificios de oficinas. incluso para nuestra propia compañía, aunque realizaremos más propuestas con nuestros clientes».

SUPERAR LAS CRISIS: HOY, EL CORONAVIRUS

Vi una nota en la Revista Rumbos del fin de semana, a partir de otra de Pilar Jericó. Me pareció útil, y que es un aporte en esta difícil época, en que mucho de lo que nos llega nos confunde y asusta más de lo que nos alivia.

Una de las cosas que intento hacer siempre, mucho más en estos tiempos del coronavirus, es ser organizado, tener planes, no desordenarme, por eso, este aporte con formato de guía, me parece que puede ayudar.

Ojalá sea así.

Guía para superar el impacto emocional del coronavirus

PILAR JERICÓ

Debemos afrontar la situación con una mentalidad positiva. Para eso necesitamos conocer las etapas a las que nos vamos a enfrentar

https://elpais.com/elpais/2020/03/16/laboratorio_de_felicidad/1584365848_234280.html

El coronavirus nos ha superado a todos. Nos enfrentamos a emociones incómodas, nos agobia el miedo, nos estremece escuchar a los sanitarios informando de las situaciones que viven, y no parece que las cosas vayan a mejorar en el corto plazo. Sin embargo, existe una verdad incuestionable: todo pasa. El coronavirus también. Como ha sucedido con otras pandemias o en otras situaciones difíciles que hemos vivido. Debemos afrontar el problema con una mentalidad positiva. Para eso necesitamos conocer las etapas y las emociones a las que nos vamos a enfrentar. Reconocerlas nos ayudará a afrontarlas de un modo más amable. A desarrollar una mentalidad positiva a pesar de las circunstancias. Esta posición nos permitirá entender que, en todo cambio, por difícil que sea, siempre existen oportunidades para seguir aprendiendo y avanzar como personas y como sociedad.

Las investigaciones en las que basé mi libro Héroes cotidianos sirven para entender de manera sencilla qué emociones vamos a vivir estos días. Las detallo en esta página en voz y con ejercicios prácticos.

  1. Llamada: “Hay un virus en China”. Ese fue el comienzo. Toda llamada a la aventura puede ser de dos tipos, como dice paradójicamente la medicina tradicional china: llamada del cielo, cuando es algo deseado, o llamada del trueno, cuando no lo buscamos y rompe nuestros esquemas. El coronavirus pertenece a las llamadas del trueno para la mayor parte de los mortales. Pocos esperaban que sucediera.
  2. Negación: “Esto no va a ocurrir aquí”. La negación es una fase habitual en casi todos los cambios no deseados. Se trata de la más difícil de asimilar. Nunca creemos que nos vaya a afectar a nosotros. Nos llenamos de excusas, como que China está muy lejos o que solo es una gripe más, y nos olvidamos de las evidencias: de que el mundo está globalizado, incluso hasta para las enfermedades, o que estas pueden resultar tan contagiosas que pueden colapsar el propio sistema. Durante el periodo de negación, cuando nos damos cuenta de que sí nos puede afectar, podemos desarrollar una variante: la ira o la rabia. Nos enfadamos con el sistema, con la falta de medidas que toman las autoridades, con los eventos deportivos, manifestaciones o reuniones que nos han expuesto al contagio. El enfado hay que pasarlo, tengamos razón o no. Si nos quedamos en esta fase, estamos perdidos, porque desaprovecharemos la oportunidad de aprendizaje que existe ante cualquier crisis.
  3. Miedo: “¿Qué nos va a pasar?” Esta es la emoción más profunda y paralizante que existe. Hay un miedo sano, que es la prudencia, que nos obliga a protegernos y a quedarnos en casa. Y existe otro, el miedo tóxico, que nos lleva a la histeria colectiva, a las compras compulsivas o a no dormir por las noches. El miedo es otra fase que tenemos que transitar rápidamente. Es inútil dejarse vencer por la emoción, que en muchas ocasiones llega a ser más contagiosa que la propia enfermedad. Posiblemente, porque nos daña profundamente y nos vacía de la posibilidad de afrontar la crisis desde la mentalidad positiva del cambio, el sentido común y la fuerza.
  4. Travesía por el desierto: “Estoy triste y soy vulnerable”. Ya no hay miedo ni rabia, solo desazón y tristeza en estado puro. Estamos abatidos por las cifras de enfermos y fallecidos, conocemos personas afectadas o lo estamos nosotros mismos. Es un momento de aceptación pura de la realidad. En la crisis del coronavirus, la travesía por el desierto hay que afrontarla. La mentalidad positiva sin tocar el desierto es falsa y temporal (excepto para quien vive en el positivismo artificial constante o tiene problemas con la empatía, que no deja de ser negación). La buena noticia es que los desiertos también se abandonan. Nos podemos quedar atascados en la rabia o en la negación, pero la mayoría de las personas, tarde o temprano, conseguimos remontar la tristeza.
  5. Nuevos hábitos y confianza: Una vez aceptada la realidad comienzan los nuevos hábitos y la confianza en nosotros mismos. Normalizamos la realidad. Si estamos recluidos, encontramos los aspectos positivos. Nos ofrecemos a ayudar a otros desde la serenidad y no desde el miedo; nos reímos de la situación y, lo más importante, nos abrimos al aprendizaje. Cuanto más nos esforcemos en ver qué aspectos quiere enseñarnos esta nueva crisis, más rápido podremos atravesar la curva del cambio.
  6. Fin de la aventura: El coronavirus ha pasado y soy más fuerte. Esta crisis será historia, como todas. Vendrán otras, nuevos problemas, y eso significa que estamos vivos. Si hemos sido conscientes del proceso y hemos aprendido como personas y como sociedad, habrá valido la pena, a pesar de las numerosas pérdidas que hayamos tenido en el camino.

Las fases descritas no son lineales, pero sí progresivas. Es decir, podemos estar en el desierto y regresar por momentos a sentir rabia o miedo. Casi siempre sucede, pero no hay que sentirse culpable por ello. Cuanta más conciencia pongamos, más sinceros seamos con nosotros mismos, más rápido podremos atravesarlas y más capacidad tendremos para despertar el valor que cada uno de nosotros llevamos dentro. En la épica personal también hay espacio para el optimismo.

NO VIVIMOS EN UNA SOCIEDAD MATERIALISTA, ES MUCHO PEOR: VIVIMOS EN LA SOCIEDAD DE LAS APARIENCIAS, SEGÚN ALAN WATTS

por Jennifer Delgado Suarez

 

https://www.grandespymes.com.ar/2020/01/19/no-vivimos-en-una-sociedad-materialista-es-mucho-peor-vivimos-en-la-sociedad-de-las-apariencias-segun-alan-watts/

 

El auge del consumismo nos ha hecho pensar que vivimos en una sociedad materialista. Cuando nuestra felicidad depende de lo que poseamos y lo que seamos capaces de comprar, es difícil no pensar que el materialismo se ha apropiado de nuestra cultura. Sin embargo, el filósofo Alan Watts pensaba que la realidad es aún peor: estaba convencido de que nuestra sociedad no es materialista, sino que idolatra las apariencias. Y la diferencia es sustancial.

EN LA SOCIEDAD DE LAS APARIENCIAS SE PIERDE LA ESENCIA

“No es correcto, ni mucho menos, decir que la civilización moderna es materialista, si entendemos por materialista la persona que ama la materia. El cerebral moderno no ama la materia sino las medidas, no los sólidos sino las superficies. Bebe por el porcentaje de alcohol y no por el ‘cuerpo’ y el sabor del líquido. Construye para ofrecer una fachada impresionante, más que para proporcionar un espacio donde vivir”, escribió Watts.

Y esa obsesión por la apariencia se transluce prácticamente en todas las esferas de la vida cotidiana. “Compramos productos diseñados para presentar una fachada en detrimento de su contenido: frutos enormes e insípidos, pan que es poco más que una espuma ligera, vino adulterado con productos químicos y verduras cuyo sabor se debe a los mejunjes áridos de los tubos de ensayo que las dotan de una pulpa mucho más impresionante”, añadió.

En la sociedad de las apariencias, la esencia poco importa. Cuando se rinde culto a lo exterior, se sacrifican gustosamente las prestaciones a favor del aspecto, un aspecto que debe transmitir un mensaje claro y cuyo único objetivo es convertirse en un símbolo de estatus a través del cual comunicamos nuestra supuesta valía a los demás.

Cuando elegimos basándonos en las apariencias y las medidas perdemos de vista las necesidades que deben satisfacer los objetos. Así terminamos comprando sofás preciosos y caros, pero tan incómodos que prácticamente no se pueden usar. Compramos el smartphone según su marca, para poder presumir, en vez de fijarnos en sus características técnicas. O elegimos casas con salones enormes y cocinas diminutas, más pensadas para impresionar a los visitantes que para vivir cómodamente. Obviamente, esa cadena de «malas» elecciones nos pasará factura, una factura que pagaremos con frustración, insatisfacción e infelicidad.

ELEGIR LAS APARIENCIAS NOS CONDENA A UN ESTADO DE FRUSTRACIÓN PERMANENTE

El problema es que quienes sucumben a la apariencia y las medidas están “absolutamente frustrados, pues tratar de complacer al cerebro es como intentar beber a través de las orejas. Así, son cada vez más incapaces de un placer auténtico, insensibles a las alegrías más agudas y sutiles de la vida, las cuales son, de hecho, sencillas y ordinarias en extremo.

“El carácter vago, nebuloso e insaciable del deseo cerebral hace que sea especialmente difícil su realización práctica, que se haga material y real. En general, el hombre civilizado no sabe lo que quiere. […] No busca satisfacer necesidades auténticas, porque no son cosas reales, sino los productos secundarios, los efluvios y las atmósferas de las cosas reales, sombras que carecen de existencia separadas de alguna sustancia”, apuntó Watts.

El «deseo cerebral» sería nuestra obsesión por las medidas y los números, las marcas y los logotipos, esas cosas de las que podemos presumir delante de los amigos y que deben brindarnos una estimulación sensorial intensa, muy alejada del disfrute calmo y pleno que conduce a la auténtica felicidad.

Obviamente, cuando se prioriza la apariencia, se pierde gran parte de la satisfacción y el placer que pueden aportar las cosas. Cuando el objetivo es exhibir o impresionar, en vez de experimentar, perdemos el disfrute en el camino porque estamos más centrados en el otro que en nosotros mismos.

Eso nos condena a un bucle. “La economía cerebral es un fantástico círculo vicioso que debe proporcionar una constante excitación del oído, la vista y las terminaciones nerviosas con incesantes corrientes de ruidos y distracciones visuales de las que es imposible liberarse […] Todo está manufacturado de modo similar para atraer sin procurar satisfacción, para sustituir toda gratificación parcial por un nuevo deseo”, según Watts. Porque en realidad no son nuestros deseos ni necesidades lo que satisfacemos cada vez que compramos algo, sino los deseos y las necesidades que nos han impuesto la sociedad.

La vía de escape, según Watts, no consiste en abrazar la extrema frugalidad y renegar de las cosas materiales, al estilo de los cínicos, sino en reencontrar el placer más sencillo y pleno que pueden proporcionarnos las cosas. Consiste en tener menos, pero disfrutar más de ello, lo cual pasa por elegir las cosas de las que nos rodeamos teniendo en cuenta realmente nuestros deseos, gustos y necesidades.

No es un cambio banal, en realidad implica una profunda transformación interior en la que afirmamos nuestra identidad, y nos desligamos de modas pasajeras y el deseo de impresionar, para disfrutar de lo que realmente nos gusta, sin culpas ni remordimientos ni presiones.

 

Fuente https://rinconpsicologia.com/sociedad-de-las-apariencias

EL SIGLO XXI NOS ENFRENTA A LOS DESAFÍOS DE UN CAMBIO DE ERA

Por: Jaqueline Pels

https://www.grandespymes.com.ar/2019/10/29/el-siglo-xxi-nos-enfrenta-a-los-desafios-de-un-cambio-de-era/

Si a un señor feudal le hubiéramos dicho que en un futuro los reyes no serían las figuras políticas más importantes, que sus siervos iban a tener el derecho a voto igual que él, que el agro no sería el centro de la economía, que las ciudades albergarían la mayoría de la población, que los caballos no serían el medio de transporte y, que la comunicación no usaría por postas o palomas mensajeras; seguramente se hubiera reído cual si fuéramos bufones en su corte. Hoy estamos viviendo un cambio de era, un período de transición igual de radical. Estos momentos son excepcionales, la humanidad los ha transitado pocas veces. Vivirlo es un privilegio, pero, también, una incógnita.

Tanto desde la literatura de difusión (ej. autores como Yuval Harari con sus libros Sapiens y De Animales a Dioses), como desde la investigación académica (ej. estudiosos como Jan Rotmans de la Universidad de Erasmus), hay hipótesis que sugieren cómo podría ser este futuro. Estos escritos buscan mostrarnos el punto de llegada. El foco de este artículo no está en vislumbrar cómo será o debiera de ser el futuro; el foco es ayudarnos a transitar mejor el camino, poder entender el proceso de cambio de era.

Ya en 2015, el Papa Francisco I, remarco que no estamos viviendo una era de cambios sino un cambio de era. ¿Qué distingue una era de cambios de un cambio de era?

Primero, en las eras de cambio las transformaciones se aceleran, pero no modifican su lógica (por ejemplo, a lo largo del Siglo XX, los autos se vuelven tecnológicamente más sofisticados, pero no cambia el medio de transporte). Por el otro lado, los cambios de era tienden a ser procesos transversales. En el Siglo XXI los cambios trascienden las innovaciones tecnológicas y pasamos a la gestión del conocimiento (internet de las cosas, inteligencia artificial, blockchain) e involucra cambios en la comunicación (redes sociales, YouTube), en la economía, (el futuro del trabajo, Airbnb, Glovo), en la geopolítica (el Brexit, el auge de China, la caída del eje USA-Rusia), en la filosofía (la post modernidad, la verdad post-científica), en los objetivos colectivos (los nuevos objetivos de desarrollo sustentable de Naciones Unidas), en el arte (arte digital, realidad virtual), en la educación (formación continua), entre otros. Entonces, si en los cambios de era los procesos son transversales, se debe ser consciente que las lecturas parciales pueden ser equívocas. A veces, por el afán de concentrarnos en un tema (típico de la especialización que caracterizó el Siglo XX), perdemos de vista que las diversas fuerzas se presentan en modo interrelacionado, donde un cambio impacta y amplifica los otros. Por ejemplo, si tratáramos de circunscribir el fenómeno de #MeToo a un fenómeno de redes sociales sería una caracterización miope. #MeToo combina varios de los cambios mencionados: internet (tecnología), las redes sociales (comunicación), los objetivos de desarrollo sustentable de Naciones Unidas (objetivos colectivos), no reconocer fronteras ni estar alineado a ideologías políticas (cambios geopolíticos). Desde esta perspectiva, la tecnológica, si bien importantísima, es sólo un síntoma. Es, entonces, importante adoptar una mirada holística y sistémica.

Segundo, en las eras de cambio por su intenso ritmo, vemos en el transcurso de la vida de una persona, su nacimiento, desarrollo y madurez (por ejemplo, el surgimiento y desarrollo de la televisión). Alternativamente, en los cambios de era los tiempos son largos; son tiempos históricos. Tomemos el caso de la Revolución Francesa de 1789. Usualmente, la ubicamos como el fin de las monarquías totalitarias y como el hecho histórico que sienta las bases de la democracia moderna. Sin embargo, Francia, en los ochenta años sucesivos a la revolución francesa, pasa por siete regímenes políticos: tres monarquías constitucionales, dos repúblicas efímeras y dos imperios. Podemos afirmar que un ciudadano parisino seguramente se sintió confundido: sabía que habían decapitado al rey Luis XVI, pero ¿iban para adelante? ¿para atrás? ¿hacia el costado? En un mundo donde la inmediatez nos resulta tan natural, donde Google nos da la respuesta en nanosegundos, frente al cambio de era, tenemos que desarrollar la paciencia.

Por último, en las eras de cambio es relativamente fácil predecir el impacto del cambio (la introducción de Skype afecto en modo directo el negocio de llamados de larga distancia de las telefónicas). Sin embargo, en los cambios de era, es fácil ver lo que ya no es, pero, aún, no sabemos, que será. Entonces, los cambios de era se debe aceptar que “se está siendo” que, producto de las interrelaciones, intentar predecir su forma final, es -casi- un ejercicio inútil. Por ejemplo, ¿sabremos a ciencia cierta cómo será el futuro del trabajo? ¿Es correcto hacer una comparación con lo que fue la revolución industrial del Siglo XIX? ¿Serán las tareas netamente humanas, como el cuidado de las personas, las principales fuentes de trabajo? ¿Es necesario cambiar el sistema educativo? Si tratáramos de definirlo, seguramente, estaríamos en lo cierto por un breve período, pero equivocados respecto del resultado final. Retomemos el caso de las telecomunicaciones, soluciones que parecían novedades que iban a sustituir en modo permanente una tecnología (como ser Skype respecto del llamado internacional del teléfono de línea fijo) fueron rápidamente sustituidas por otras como WhatsApp. Hoy, sabemos que habrá más novedades en las comunicaciones interpersonales. Tomemos otro ejemplo, el cambio en las preferencias en las formas de alimentación (vegano, macrobiótica, vegetariano). Aún no es claro si una de todas estas tendencias se establecerá como el nuevo modo de alimentarse, si todas convivirán o si son la antesala de algo que aún no ha surgido. Lo único que sabemos es que es un repudio a la “vieja” forma de comer y, desde un lugar más profundo, una nueva forma de vincularnos con los otros seres con los que compartimos el planeta. Entonces, en los cambios de era el pensar que ‘hemos llegado’ es muy riesgoso porque crea falsas certezas. Sabemos convivir con cambios; debemos aprender a vivir en la incertidumbre.

Lejos de una mirada pesimista la invitación es a entender procesos más que buscar soluciones.

Comprender que todos los elementos que Zygmunt Bauman brillantemente sintetizó en la expresión de “sociedad líquida” y que pueden parecer negativos, son las características de una etapa de transición. Por ejemplo: los vínculos efímeros (en antítesis de los estables), el auge de los relatos (por sobre los “datos”), la velocidad con la cual los emprendimientos cambian y/o desaparecen (la vida promedio de una empresa en el Siglo XX era de 60 años; hoy es de 18 años, menos de un tercio), la descentralización (que implica pérdida de control), las nuevas formas de la gestión como el lean management, el fail fast, el canvas (frente a la planificación a largo plazo o las estructuras corporativas), entre otros.

Es darnos cuenta que no se puede cambiar de era sin que la anterior “ya no sea”. Implica entender que esta deconstrucción es indispensable y aceptar que la nueva era no ha, aún, encontrado su nuevo formato. Desde esta mirada, los relatos son experimentos, verbalizaciones de posibles futuros, los vínculos efímeros son intentos de nuevas formas de relacionarnos, la velocidad del ciclo de vida de las empresas representa ensayos de las nuevas formas de plantear soluciones, la descentralización impide que haya actores preponderantes que, por si solos, dirijan el cambio. En resumen, todas son maneras de fluir (líquidas como el agua) en búsqueda de, eventualmente, encontrar la nueva forma.

Un cambio de era es el periodo que se ubica entre dos apogeos. Por ejemplo, en el primer párrafo de la nota describimos las características del apogeo de la Edad Media. El apogeo de la Edad Moderna se caracterizó, entre otros aspectos, por el predominio de la ciencia por sobre la religión, cambios tecnológicos, el surgimiento de los estados nación. El tránsito entre uno y otro no fue fácil; éste cambio de era tampoco lo es y genera, simultáneamente, sensaciones encontradas: ilusión por las mejoras que se vislumbran e incertidumbre por la desorientación que acarrean. Sin embargo, si nos quedamos atados al pasado, no dejamos que llegue el futuro. Hay que trabajar para armar ese futuro y no para mantener el pasado. En resumen, esta nota es una invitación a mirar al presente desde la lógica del Siglo XXI y no desde el pensamiento del Siglo XX.

 

Doctora en Investigación de Gestión, Universidad de Leicester; profesora de Marketing en la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella

 

Fuente https://www.lanacion.com.ar/opinion/irilisis-dolorti-scilla-alit-ulla-facilla-feu-feugait-la-feu-facilel-siglo-xxi-nos-enfrenta-a-los-desafios-de-un-cambio-de-eratissequi-blam-non-vel-diam-niscipis-dunt-niscipit-alis-at-nid2290954